Una infancia en Le Havre. Pascal Quignard

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Pascal Quignard

Una infancia en Le Havre, Francia

 

El Estuario

“El primer puerto que vi, que amé, es el de Le Havre” Pascal Quignard

 

Un golpe de angustia indica una excitación que desorienta. Cada puerto me asombra, el fuerte aire, los marcados olores, maravillosos, me invaden; sin embargo rápidamente se mezcla con el reconocimiento de un punto de dolor. Caminaba por esas callejuelas, me acercaba a las dársenas, una especie de pánico y pena se acumulaba, empezaba a  temer  aproximarme al mar. Un día comprendí que temía en cada  puerto unas ruinas. Pasé mi infancia  entre las ruinas de un puerto. Éste había sido completamente arrasado por la aviación aliada. No había quedado nada. Yo jugaba en una plaza que se había construido sobre las fosas comunes de los marineros. Estudiaba en las barracas. Siempre hay algún fondo de ruinas, un puerto en ruinas, un refugio en ruinas en el fondo de la historia, donde  alguna cosa espera, nunca se sabe quien  viene del mar, quien amenaza, quien acude, que no se puede ver.

La ciudad de Le Havre está acá ahora, inmensa, nueva, rebosante de habitantes, de refinerías, de industrias. Se eleva en  sus torres, sus monumentos, su belleza toda blanca, voluminosa, espinada. ¿Quién es capaz de imaginar la ciudad ausente en la que yo viví? ¿Quién puede tener idea de la violencia del viento cuando el suelo estaba desnudo, cuando la hierba luchaba por volver a crecer entre los escombros, cuando nada llegaba a oponerse a la oleada del viento  extendido a lo largo  de las ruinas? Para ir por la  mañana al liceo de jóvenes, ningún muro la detiene, nada elevado, ningún inmueble, ninguna  caserna, ninguna catedral, era la violencia del viento del origen, antes de François Primero, de esa clase de viento  de antes de los hombres sobre la tierra, el de antes de la vida.

Hice todas mis clases en el liceo de jóvenes, en las barracas construidas con  los adoquines del patio. Serví en la misa en la capilla del liceo imperial y dejé la ciudad el día de la destrucción de  esa capilla. Para llegar a mis lecciones  de piano, era necesario escalar los sinuosos senderos que conducían a Sainte-Adresse. Allí había una pequeña tienda llena de animales exóticos que habían sido traídos por los marineros de los transatlánticos. Pasábamos por delante de las grúas. Las callecita era estrecha, no estaba bordeada por pabellones sino por muros con paños de tela de tapicería despegados, manchados. Atravesaba los troncos inclinados y apilados.

Llegaba delante de aquella tienda entre dos troncos, me detenía frente a ella, fascinado, allí vendían animales. Era maravilloso. Era, en una ciudad enteramente destruida, una minúscula arca de Noé. Habíamos preservado los animales del mundo. Allí compré numerosos animales.

Me acuerdo particularmente de uno, un espléndido galápago todo verde, pequeño, de una gran delicadeza, comía más carne de la que yo podía tragar, la llamé Victoria como la reina.

He visto surgir progresivamente, toda empolvada, una ciudad completamente blanca, de las   piedras dislocadas y de la tierra negra. Pienso que una ciudad nueva creciendo sobre un puerto renaciente aniquilado, es lo que ha destinado mis días. Esto ha influenciado considerablemente lo que escribí. Los ocho volúmenes publicados de mi “Dernier royaume” son una inmensa reconstrucción frágil sobre las ruinas más tóxicas y más polvorientas de todas las ruinas hasta las más derrumbadas  en el curso de la historia. Algunos de los míos habían conocido los campos espantosos. Algunos otros todavía  guardaban, uno al lado del otro, sobre un estante los recuerdos de su éxodo, eso que habían podido contener en una caja de cartón, fotos, fotos de familia, una vieja tetera regalada por Meyerbeer, tristes alhajas, llaves que ya no abrían más. Todos, todos sin excepción, huían de las bombas de fragmentación de los recuerdos. Así era la orilla entonces, y es eso quizás lo que yo reconstruí en las formas desconcertantes de los libros que había imaginado donde todos los géneros antiguos habían llegado a romperse y confundirse. No más una tierra, un hogar, una ciudad, un palacio, un templo. Sino una orilla. Una orilla desolada, plena de arbustos, de pájaros, de barracas, de chatarra de barcos hundidos.

De ruedas de bicicletas, de viejos neumáticos, de puertas arrancadas, de cajones, de canto rodado cubierto de petróleo, el mar.

 

El mar debajo de los cantos rodados del Havre.

El mar en la memoria.

 

Cuando se llega a los infiernos, la orilla de los vivos es siempre muy estrecha. Es un terraplén de madera. Es un muelle. Tenía cuatro años. Tomábamos una barcaza para cruzar el Sena ya mezclado de mar. Me gustaba mucho subir a la barcaza de madera que atravesaba mucho más lentamente el estuario. Todo es pascuas en ese mundo, cruce, barcaza con barquero, ferry de orilla a orilla. Extraño lago cansado movido por los reflujos y las mareas, que los barcos y las velas surcan. Ostia.

Tenía cuatro años, tenía cinco años, me encantaba estar en el puente de madera del ferry junto a las vacas, junto a los Juvaquatres (Citroën c4), los Cuatro Caballos (autos Citroën), los caballos de tiro, las gallinas que se golpeaban la cabeza dentro de  sus cestas de mimbre, los cerdos que chillaban. Evoco un tiempo que pasaba antes que el puente de Tancarville fuera construido sobre la bahía del Sena entre Saint-Nicolas-de-la-Taille y el Marais-Vernier. Era en 1952, 1953. En 1966 cuando llegué al campo encima del pantano, en la parte inferior del campo donde  se elevaba la casa para nuestra sorpresa (estaba con Noëlle, Marie-Jeanne, Jean-Louis) nos tropezamos con una oveja pariendo. La oveja parada deja caer al pequeño sobre la hierba. Lo lame dos minutos, devora el saco, eso dura muy poco tiempo, el corderito ya está parado. Titubea. Cinco minutos más tarde, brinca en la luz, rebota en la garúa normanda que nos humedece las mejillas.

Yo estaba fascinado. No podía despegar mi mirada.

Recuerdo que comimos de pie, al fondo del campo, contemplando el angelito que danzaba bajo la lluvia, nos albergamos en nuestras capuchas o nuestras boinas.

Agnus Dei, que no quita ningún pecado de la vida que traigamos, pero que aporta su cabriola a este mundo. Cordero de Dios de lana tan poco densa, deambulando en la hierba húmeda. Bebimos el vino que habíamos llevado protegiéndolo de las gotas de lluvia.

Luego volvíamos a pie, más lentamente, tropezando un poco. Tomabamos una pequeña barcaza. Encontrabamos nuestro auto sobre los adoquines húmedos de la dársena, donde siempre rebotaba la lluvia.

 

 

 

 

Pascal Quignard

L’Estuaire

 

Extraído de Pascal Quignard,Une enfance havraise.

Éditions L’Echo des vagues.

 

Édition Bernard Grasset

Traducción: Eduardo Bernasconi

Corrección de texto: Stella Ocampo

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